Clásicos

IRON MAIDEN (GBR) “The number of the beast” (EMI, 1982)

Por Lluís García Sola

Si escribir sobre cualquier trabajo de IRON MAIDEN ya resulta suficientemente complicado, especialmente para alguien que, como en mi caso, ama a la banda y su historia está directamente ligada a mi pasión por la música en general y el Heavy Metal en particular, hacerlo sobre su (probablemente) mejor disco, y uno de los mejores (o más importantes) de todos los tiempos supone todo un reto. Y un placer. “The Number Of The Beast” es, ha sido, y será, uno de los lanzamientos más brillantes de la historia del Rock/Heavy Metal, una página de oro totalmente inesperada tras el cambio del genial vocalista Paul Di’Anno por Mr. Bruce Dickinson, y obra póstuma de del grupo para el enorme batería que era Clive Burr. Una obra maestra grabada y mezclada en apenas cinco semanas, repletas de oscuras a la par que divertidas anécdotas como luces que se encendían y apagaban misteriosamente, equipos de grabación rotos, o accidentes de tráfico como el del productor Martin Birch, contra un autobús repleto de monjas, y cuya factura de reparación de coche ascendió a 666 libras.

No me gustaría comenzar esta crítica sin hacer mención a la tremenda portada a cargo del habitual Derek Riggs, con la “mascota” de la banda, Eddie, controlando al mismísimo Satán, como si de una marioneta se tratase, y con éste haciendo lo propio con un pequeño Eddie. Una ilustración inspirada en el cómic de “Doctor Strange” y en la Europa cristiana de la época medieval, bajo el concepto del “¿Quién controla a quién?”. Un trabajo tan brillante, creada en su origen para la canción “Purgatory” de su anterior álbum, “Killers” (un auténtico temazo, por cierto), que el bueno de Rod Smallwood, mánager de la banda, decidió prescindir de ella para un simple sencillo, reservándole el lugar que se merece. Lo que seguramente ni él mismo sabía en aquella época, corría el año 1.981-1.982, era que iba a ser la imagen de un disco de tal magnitud. Obviamente todo esto ayudó a contribuir a que el disco fuera seriamente criticado por la sociedad más conservadora, acusando al grupo británico de satánicos. Como curiosidad destacar que el cielo azul de la portada se debió a un error de imprenta, que fue subsanado tiempo más tarde. Una pena no poder haber disfrutado de este lanzamiento en su nacimiento, ya que el aquí firmante nació ese mismo año, con lo que estas letras no pueden ser entendidas de otra forma que no sea una retrospectiva, un viaje al pasado del legado del Heavy Metal.

La cara A del disco (esto es 1.982 y aquí mandan los vinilos, ¿no?) arranca de forma vertiginosa con “Invaders”, un corte rápido, frenético, puro Heavy Metal, con unos primeros compases marcados por el duelo de Burr a la batería y Harris al bajo, en los que pronto descubriríamos la aguda, frenética e inconfundible voz de Bruce Dickinson. Corto e intenso, perfecto para abrir un disco aunque, indiscutiblemente y como descubriremos poco a poco, no es ni por asomo de lo mejor del compacto. Harris firma de nuevo y, esta vez sí, uno de los temas insignias del álbum, “Children Of The Damned” que, además, para gozo del personal, han recuperado en su última gira. Y no es para menos, un medio tiempo absolutamente brutal, con un increscendo magnífico, una instrumentalización prácticamente perfecta, un bridge de pelos de punta, y unos solos de guitarra ejecutados por Murray-Smith (¡menuda pareja!) irrepetibles. Si a eso le sumamos un Dickinson pletórico a la voz, demostrando su variedad de registros, inimitables y rasgados gritos, y una letra basada en las películas “El Pueblo De Los Malditos” y su secuela, “Los Hijos De Los Malditos”, podéis imaginaros el resultado final.

“The Prisoner” comienza con el mítico diálogo de la aún más mítica serie británica de mismo nombre estrenada quince años atrás y protagonizada por Patrick McGoohan. Burr vuelve a destacar con esa poderosa intro, y el tema vuelve a contener otro de esos solos de guitarra marca de la casa, sumando a un estribillo melódico, pegadizo y que ha pasado a la historia del Heavy Metal. Apenas un par de años más tarde, en “Powerslave”, volverían a inspirarse en la misma serie de televisión con “Back In The Village”, aunque quizás aquí el resultado no fuera tan brillante. En “22 Acacia Avenue” volveríamos a encontrarnos en sus créditos con la firma Smith/Harris haciendo mención a un cliché típico de la cultura británica, sobre el nombre y número de la calle, trasladándonos al burdel en el que nos encontraríamos de nuevo con la ¿ficticia? Prostituta “Charlotte The Harlott”, quien ya protagonizara su propio tema en el álbum debut de la dama. Una composición extensa, de más de seis minutos, plagada de cambios de ritmo y que fuera escrita años antes por el propio Adrian Smith siendo miembro de la banda URCHIN, modificada para la ocasión con la inestimable ayuda de Steve Harris.

Sin prácticamente darnos cuenta nos plantamos en la cara B del vinilo con el clásico entre clásicos, “The Number Of The Beast”. ¿Qué heavy no sería capaz de reconocer los versos iniciales leídos por el actor Barry Clayton basados en el libro de Revelaciones 12:12 y 13:18 de la Biblia del Rey Jacobo? Una pena que finalmente esa tarea no fuera acometida por el gran Vincent Price, pero se les iba de presupuesto a los ingleses. Harris dio forma y letra a una de sus pesadillas, fruto del visionado de “La Maldición de Damien”, o lo que es lo mismo, la segunda entrega de “La Profecía”. Sobre el tema poco que decir o escribir que no se haya hecho ya. Un himno. Desde ese tenebroso inicio instrumental con Bruce Dickinson aterrándonos, hasta ese estribillo para la posteridad. “6!6!6! The Number Of The Beast!” Y hablando de clásicos, ¿conocéis una tal “Run To The Hills”? Pues es la siguiente… Un tema que creo que no haya nadie que no lo haya cantado alguna vez, hablando sobre la realidad que no nos han contado la mayoría de los westerns de la historia del cine, y que sirvió single de adelanto del disco, en un vídeo musical que mezclaba con maestría al grupo en vivo y en directo, con escenas cinematográficas del mítico Buster Keaton. Un galope rítmico made in Harris-Burr que ha dejado huella y sentado cátedra en el género. Por cierto, “Total Eclipse” fue elegida para acompañar al sencillo, en detrimento de “Gangland”, que si fue incluida en el álbum. Algo que el propio Harris lamentó, equivocándose, según él, en la elección de la cara B. Personalmente, y aunque me parezca una muy buena canción, discrepo de su opinión. Sea como sea, años más tarde decidieron incluirla en el re-lanzamiento del álbum. Un corte escrito a tres bandas por Burr, Harris y Murray, y con un fuerte, y agradable, sabor a rock del tinte más clásico.

Entramos en la recta final con “Gangland”, que recupera esa esencia veloz del inicio del disco, con un Burr en estado de gracia (¡qué bueno era Dios!¡ y que desgracia para todos su maldita enfermedad que nos lo arrebató hace apenas cuatro años!) y Dickinson haciendo de las suyas regalándonos todo un repertorio de agudos y gritos tan reconocibles en él. La historia quiso que ambos coincidieran en IRON MAIDEN tras haber hecho lo propio poco antes en SAMSON. Firman por primera, y última, vez Burr/Smith, dejándonos para la historia uno de mis versos (o bridge) favoritos de la Doncella de Hierro. Y se despiden de nosotros con la joya de la corona, una composición que no ha faltado a las citas de los directos de la banda desde entonces. Señoras y señores, niñas y niños… “Hallowed Be Thy Name”. Poco más de siete minutos que podrían resumir perfectamente la historia del Heavy Metal y todas las señas de identidad que han hecho grandes a los ingleses. Cambios de tempo, melodías irrepetibles, juegos de guitarra tantas veces imitado, interminables solos que, ojalá, no terminaran nunca, y un Dickinson sencillamente inigualable. Me declaro fan de Di’Anno (el de la época), pero es obvio que la llegada de Bruce abrió a Harris un horizonte compositivo y de registro vocal que jamás hubiera imaginado antes. Eso sí, mucho y muy bueno podríamos hablar sobre el plano instrumental del corte, donde todos y cada uno de los músicos brillan con luz propia y cuentan con momentos para su merecida lucidez, pero sería injusto no destacar la letra de Harris en la que narra la epopeya de un preso en su última cita, con la horca que le llevara al viaje sin retorno de la muerte. No es casualidad que este sea una de las pistas favoritas de Dickinson. Y de cualquier aficionado al Heavy Metal que se precie. En fin, que podría estar escribiendo sobre trabajos como éste “The Number Of The Beast” como sino hubiera un mañana pero, obviamente lo hay, y discos así nos lo hacen mucho más plácidos. Up The Irons!

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